Hace poco cumplí 50 años. Muchos llaman a esta etapa la mitad de
la vida. Dicen los que saben, que en esta etapa el alma hace una evaluación del
camino recorrido y comienza a replantearse la vida en si misma, dejando aquello
que ya no sirve para vivir una nueva etapa, la última, de una manera más auténtica.
No se si esto es verdad. Espero que sí, porque mi alma se lo tomo realmente en
serio.
Todo comenzó hace unos años con una idea, un pensamiento nada original
de buscar un nuevo país donde vivir con nuestros hijos, debido al rumbo que
habían tomado las cosas en Venezuela. Buscamos
inicialmente irnos a Colombia o Costa Rica, tratando siempre de continuar con
nuestras raíces latinoamericanas. Recuerdo los argumentos de mi esposo: Hay que
emigrar a un país latinoamericano. En Miami esta todo hecho. El ultimo lugar
donde debemos vivir es en los Estados Unidos. Sin embargo, uno propone y Dios
dispone. Al no conseguir donde emigrar a Latinoamérica decidimos visitar, por
no dejar, a un abogado de Inmigración en los Estados Unidos. Salimos con las
tablas en la cabeza. Lo que le falto fue reírse en nuestras caras. No teníamos posibilidad
alguna de emigrar a ese país, eso nos dijo.
No sabíamos que habíamos puesto en movimiento algo que no se
detendría hasta tomar forma definitiva. Al
poco tiempo, en un viaje que hicimos a Miami, mi esposo tuvo una reunión de
trabajo. Había una buena posibilidad de trabajar allí. Volvimos a visitar al
abogado de Inmigración, quien nos dice que ahora si se iba a poner a trabajar. Hasta
aquí todo suena muy fácil, pero no lo fue.
Comenzamos a vivir una etapa, donde convivían las dos realidades.
La de irnos y la de quedarnos en nuestro país. Compramos una casa en Boca Raton
y la remodelamos. Nos salió la visa de trabajo. Escogimos entre nuestras
pertenencias aquellas que nos íbamos a llevar. Mi esposo estaba convencido de
que esto era una decisión definitiva. Nuestra casa de Caracas quedo vacía de
objetos y también de vida. Era un cascaron vacío. Nuestros hijos, que
formaban parte del proyecto original decidieron abortarlo. Gonzalo, quiso irse a Boston
a estudiar y Juanchi quedarse en Caracas terminando la carrera. Así,
que el movimiento mayor lo tendríamos mi esposo y yo. Decidí aceptarlo, total
era ley de vida, los hijos se van, solamente se me había adelantado un poco
más. Fuimos al consulado a sellar los pasaportes y recibimos la sorpresa de que
el cónsul decidió no hacerlo, solicitando además la revocatoria de la visa.
Tremendo frenazo. Ahora nos conseguíamos en Caracas, con una casa despojada de
su brillo, con nuestros muebles en Miami, sin la posibilidad de vivir allá.
Quedamos como en el medio de dos realidades.
Tengo un mecanismo natural que se me activa cuando estas cosas
inesperadas suceden. Inmediatamente me pongo en modo observador. No hablaba, ni
opinaba, solo dejaba que las cosas pasaran. Personas se me acercaron a decirme
que me había equivocado. Pensaban que me había precipitado al mandar mis
muebles antes de tiempo. Alguien muy cercano, me tiró una carga de culpa encima diciéndome que como era yo capaz de
hacerle eso a mi casa, la casa que había acogido a mi familia por tantos años. Yo oía
todo y pensaba: que fácil es vivir para atrás!! Esa misma persona había
aplaudido mi decisión de mudarme.
Vi muchas caras de satisfacción por lo que me pasaba, pero también
tuve mucha compañía y comprensión. No entendía por que estaba pasando esto,
pero intuía que había algo y que en algún momento iba a entenderlo.
Para mi, la casa es fundamental. La casa es simbólicamente la
psique personal. Pues la casa, tal como yo, habíamos recibido un despojo, un
desgarramiento parecido a un accidente mortal que nos había dejado
lesionadas. Había que reconstruir.
Comenzamos nuevamente a armar nuestra vida en Caracas. Compre
muebles, cuadros, hasta planifiqué una remodelación de la casa que siempre
había querido hacer. Me desprendí mentalmente de mis cosas de Miami. Fue el
primero de muchos desapegos que tendría que hacer en los días y meses
siguientes. La casa de Boca Raton parecía lejana, ajena, sin vida.
Me sentía cómoda con mi vida en Caracas. Todo el mundo esta cómodo
en los espacios conocidos. Mi hijo y mi perro estaban felices. Mis amigas
estelares, me acompañaban todos los días. Pero mi esposo no estaba contento. Le
pesaba la casa. No le gustaba vivir allí.
Ya cuando habíamos decidido quedarnos, nos vinimos a Miami a
vender o alquilar la casa de Boca. Nuevamente una vuelta del destino nos cambio
la vida. El día antes de regresar el abogado nos dijo que nos había salido la
residencia. No era la visa, era mas que eso. Teníamos que quedarnos en Miami.
Nuestro hijo se monto solo en el avión y nosotros nos quedamos en Miami y no
volveríamos a Caracas sino ocho meses después. En este tiempo, se vendió la
casa de Boca Raton y una semana después la casa de Caracas.
En esos días tuve un sueño…Soñé que estaba en la playa con un
niña. De repente, el mar se retiraba. Nadie se daba cuenta de lo que venía pero
yo si. Tome a la niña de la mano y comencé a correr gritando: Tsunami, Tsunami!
Corrí como loca pero no encontraba donde esconderme. La niña me retrasaba mi
huida, pero no podía dejarla atrás. Vi como la playa se dividía en dos,
haciéndome imposible volver por donde había llegado. Conseguí un lugar donde
esconderme, sabia que no estaba lo suficientemente protegida, pero ya no me
daba tiempo de conseguir otro lugar. Cerré los ojos y espere a que viniera lo
que tenia que venir.
Ahora comprendo que me paso un tsunami por arriba. Vivo en un
apartamento con las cosas que sobrevivieron al tsunami. Están allí puestas y
cada vez que las veo me sonrio. Las paredes están pintadas de un color que no
pega con los muebles, Mis santos están dando vueltas por la casa, buscando su
lugar. Recuerdo haber tenido cosas que cuando las voy a buscar no aparecen y no
se donde están. Tenia tres comedores, ya no tengo ninguno. Al perro lo perdi entre las aguas. Pero no me
importa. Mas bien me sonrío y doy gracias a Dios. Ha podido
llevarnos a todos…pero aquí estamos, mi esposo y yo en un
apartamento que es puro potencial, mi hijo mayor en Caracas, estudiando y
viviendo en un apartamento con parte de los restos que sobrevivieron,
mi hijo pequeño en Boston adelantando su
carrera. Ahora para la Navidad todos vamos a estar aqui juntos. Que mas puedo pedir!!!